Si escucháramos a Rosa

September 18, 2019
Por: Columnista invitado
Por: Leyner Palacios Asprilla*

Durante los tiempos más duros de la confrontación en el Chocó, los paramilitares quisieron cortar las líneas de abastecimiento de la guerrilla y decretaron un bloqueo del río Atrato. ¿Alguien cree que puede sujetar un río, detener su curso y cortar su corriente? La guerra pudo hacerlo, porque un río es mucho más que agua que corre: también es gente que vive y anda por él, gente que pesca y come a su lado, gente que se enamora al vaivén de la corriente.

Los comandos de las Autodefensas Unidas de Colombia requisaban pangas y botes, impedían el ingreso de alimentos y con frecuencia atacaban los botes de la población civil que desobedecían sus órdenes. La situación de hambruna y padecimientos que el bloqueo del Atrato provocó en las comunidades ribereñas fue tan dramática que desencadenó en una grave crisis humanitaria. Sólo las embarcaciones de la iglesia Católica convertidas en tiendas comunitarias lograron romper el bloqueo económico impuesto y llevar víveres, alimentos y medicinas a esos poblados donde el Estado es, casi siempre, un gran desconocido. El sacerdote Jorge Luis Mazo, quien entonces era párroco de Bojayá, lideró esta movilización que desafió a todo el poder paramilitar a través de la resistencia pacífica y organizada. Fue por eso que lo mataron el 18 de noviembre de 1999, cuando llegaba a la ciudad de Quibdo junto con Iñigo Eguiluz un cooperante del país Vasco.

De estas cosas quería hablar en estos días con tantos discursos encendidos y declaraciones que llaman a volver a incendiarlo todo. La semana pasada, las víctimas de Bojayá vimos con dolor e indignación el video donde Iván Márquez y Jesús Santrich anunciaron la fundación de una nueva guerrilla. Se queja Márquez de que el Estado incumplió sus acuerdos y traicionó a los guerrilleros que firmaron la paz, también él está incumpliendo los acuerdos cuando regresa a las armas. Nos incumple a nosotros, que confiamos en él cuando dimos nuestros testimonios, porque creíamos en su voluntad de paz y reconciliación.

Después, los micrófonos apuntaron a la cabeza del expresidente Álvaro Uribe, quién no ha descansado ni un solo día llamando una y otra vez a sepultar el acuerdo de paz, ahora lo hace bajo el pretexto de que la deserción Márquez y Santrich es una consecuencia natural del proceso. Más seguridad, piden sus seguidores, más inversión militar y planes contrainsurgentes, más fumigaciones con glifosato, más guerra y sufrimiento para nuestras comunidades, en resumen.

Es peligroso que el discurso esté otra vez a punto de caer en manos de los victimarios, es demasiado peligroso que en Colombia entremos nuevamente a normalizar la guerra y perdamos el horizonte y el lenguaje de construcción de la paz. Es peligroso que se cierre el espacio para las otras voces, diversas, múltiples, complejas, las voces de quienes no hicimos ni vamos a hacer nunca la guerra. ¿Por qué son de primera plana las escandalosas declaraciones de Márquez o las salidas de todo de Uribe, pero no hay micrófonos para las víctimas?

Rosa, mujer víctima de Bojayá que perdió a un hijo y a su madre durante la masacre, me dice ahora: “si Bojayá, con todo el dolor se hubiera quedado quieta, Colombia se hubiera perdido”. Ahora que la paz está en peligro debemos oír también los discursos de quienes apostamos firmemente por ella. Debemos escuchar a Rosa. Debemos, a pesar de tanto dolor y pesimismo, no quedarnos quietos.

La realidad de hoy nos convoca a todos a estar más firmes y decididos a fortalecer la implementación de la paz territorial, porque como dijo Rosa, si nos quedamos quietos podemos perdernos en la cadena de la muerte. El sentido patriótico de colombianos nos debe convocar a no aceptar perdernos en el camino que iniciamos.

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